¿Cómo el ejercicio llega a prevenir la cardiotoxicidad?


La historia de la cardiotoxicidad comienza en la década de los ‘60 cuando se describe por primera vez la disfunción cardíaca por el uso de antraciclínas, primeramente, en pacientes pediátricos hematológicos y sobrevivientes a cáncer de mama. En el año 1992, Carlson, señala que la cardiotoxicidad no era una consecuencia común del uso de antraciclinas debido a que era fácilmente controlable modificando la dosis de droga (Carlson RW. Reducing the cardiotoxicity of the anthracyclines. Oncology (Williston Park, N.Y.). 1992 Jun;6(6):95-100, 104, 107, discussion 107-8.)

La certeza sobre la cardiotoxicidad fue aumentando con el pasar de los años, asociándola con una disminución de la capacidad cardiopulmonar y de ejercicio. En la publicación de Turner y cols. (Medical and Pediatric Oncology 26:16&165 (1996), se consideró también la alteración nutricional y pulmonar como parte de la alteración en la tolerancia al ejercicio. Sin embargo, concluyen que los pacientes, habiendo ya superado el cáncer y función pulmonar normal, persisten con una importante alteración del fitness cardiorrespiratorio por lo que se plantea que la obesidad y el estado sedentario pueden ser los principales contribuyentes a la cardiotoxicidad clínicamente relevante. Por ende, se buscaba incentivar la práctica de actividad física, especialmente en los niños sobrevivientes al cáncer, con el fin de reintegrarlos funcionalmente y mejorar la sensación de fatiga persistente posterior a la quimioterapia. (Braith, Pediatr Blood Cancer. 2005 Jun 15;44(7):595-9.)

En sus inicios del concepto de "cardiotoxicidad", se describe una seria de alteraciones anatómicas y funcionales del corazón en sobrevivientes al cáncer sometidos a antraciclinas. Paralelamente, se relatan alteraciones a la capacidad física y sensación de fatiga de los pacientes y se utilizaba la ecocardiografía de estrés con ejercicio para realizar evaluaciones adecuadas de la cardiotoxicidad y aparición de cardiomiopatías, arritmias y otras alteraciones. Por ende, el ejercicio se comenzó a utilizar como un medio diagnóstico, mas no de tratamiento de la cardiotoxicidad.

El año 2006, Adam Chicco y cols. (J Cardiovasc Pharmacol Volume 47, Number 2, February 2006), publican la primera investigación sobre el ejercicio y su rol para atenuar la disfunción cardiaca inducida por doxorrubicina. Este estudio se realizó en ratas, y un grupo realizaba ejercicio en trotadora mientras el otro grupo mantenía actividad sedentaria durante 12 semanas. Se concluye que el tratamiento con Doxorrubicina induce disfunción inotrópica, lusitrópica y cronotrópica en el corazón, reduce el flujo coronario y aumenta la perioxidación lipídica en los animales sedentarios. Mientras, el grupo que realizó ejercicio mostró una atenuación en las disfunciones cardíacas inducidas por doxorrubicina y perioxidación lipídica. Se demostró que el ejercicio aumenta la superóxido dismutasa y la proteína heat-shock 72 (Hsp72) que son mecanismos cardioprotectores al proveer más resistencia frente al radical superóxido y son capaces de preservar la función proteica durante estados de estrés celular.



El estudio de Chicco y cols del año 2006 fue el primer estudio en demostrar que el entrenamiento a largo plazo con ejercicio protege de la cardiotoxicidad.

Hoy en día, la evidencia sobre la estrecha relación entre la enfermedad cardiovascular y la morbimortalidad en los sobrevivientes de cáncer es indiscutible. El efecto cardiotóxico de algunas terapias para el cáncer es reconocido. El ejercicio ha demostrado mejorar la capacidad cardiorrespiratoria de los pacientes con cáncer al mismo tiempo que atenúa los efectos cardiotóxicos de la terapia para el cáncer. El ejercicio es la pieza central de programas de rehabilitación cardiooncológica, es una intervención segura y sus beneficios son posibles de observar desde la fase más temprana del diagnóstico, durante la terapia y posterior a la finalización de ésta. (Calvin, Curr. Treat. Options in Oncol. (2020) 21:53).


(European Journal of Preventive Cardiology 0(00) 1–13)

Al año 2020, no hay duda que en la cardiotoxicidad, el ejercicio tiene un impacto favorable en cuanto a la prevención/reducción del daño miocárdico inducido por terapias antitumorales, medidas por:

  • Atenuación de la pérdida de VO2máx asociada a quimioterapia.

  • Mejoría de fracción de eyección de ventrículo izquierdo.

  • Mejoría de parámetros de función diastólica.

  • Mejoría de signos y síntomas de insuficiencia cardiaca.

Y así, el ejercicio, en cardiotoxicidad, es medicina

En Cardioonco, cuidamos tu corazón.


Klga. MSc. Rosario López Infante.

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